Calor

No me gusta el calor

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    Sí, ya sé que se supone que aquí iba a hablar de las cosas que me gustan. Y sí, ya sé que normalmente se asocia el calor a múltiples placeres de la vida que también comparto: verano, piscina, playa, vacaciones, más horas de luz, helados…
   Pero es que yo pienso en calor y lo primero que se me viene a la mente es mi propia imagen con churretones de sudor cayéndome por la cara. Y aún peor, con las gafas resbalándose por la nariz, y, en mis peores pesadillas, con las pantorrillas llenas de raspones tras andar 10 kilómetros entre jaras y riscos varios (pero esto son historias campamentiles que no vienen a cuento). Y qué decir de esas noches encima de las sábanas dando vueltas y vueltas porque es imposible conciliar el sueño…
   En resumen, que el calor me desmadeja, me anula por completo, me “aplatana”, y hace de mí un ser quejumbroso y nada agradable. Mi cuerpo no está hecho para el calor, sino para el frío, con  esas reservitas de grasa estratégicamente distribuidas (cada uno se consuela como quiere)

    Y para los que dicen que sin calor no existirían las cosas buenas del verano, ahí va eso: vacaciones en Hamburgo,  con unos absolutamente aceptables 25 grados, 16 o 17 horas de luz, posibilidad de helados a tutiplén, y a falta de piscina o playa, ¡barquito!

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